¿Sabes qué? La otra noche salí afuera, la brisa fría del invierno me saludó golpeándome en la cara. Me dirigí a un lugar donde las luces de las calles y de las casas no molestaran mi vista hacia el cielo. Quería visitar a las estrellas.
Cuando llegué, vi que brillaban poco y había millones y millones. Les pregunté que por qué brillaban tan poco pero ni una sola me respondió. Estaban muy calladas y serias… No encontré la causa de eso. De repente me vino a la cabeza tu imagen. Sí, esa imagen de tu rostro iluminado con una sonrisa. No pude evitar sonreír. De repente me di cuenta del por qué no me contestaban las estrellas. Estaban celosas por haberme enamorado de algo que brillaba más que ellas para mí. Ese algo que brillaba más, era tu sonrisa.
– Queridas estrellas, quería decirles que lo siento mucho, que no fue mi culpa enamorarme de su sonrisa. En el amor nadie puede elegir, nadie puede decidir nada. Llega así, arrasa con tooodo lo que te rodea, arrasa con tu corazón. Fue su sonrisa la que me enamoró a mi, esa ondulante curva que brilla tanto en su cara fue la que arrasó con todo lo que había en mi corazón. Pero quería decirles también que por mucho que me haya enamorado, pasaré el resto de mis noches observándolas a ustedes junto a ella, ¿vale? Así que por favor, no me den la espalda, que se siente muy feo.
Pasó un momento. Y otro. Y otro. Y de repente las estrellas se dieron la vuelta y me dieron la cara. Ahora brillaban más que nunca.

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