Cuando se vieron, fue como si miles y miles de mariposas chocaran y revolotearan en su estómago, como si tropecientos de estrellas fugaces barrieran el cielo de noche, todas y cada una de esas estrellas de un color distinto, provocándole tal sonrisa, que cualquiera que le viera se la contagiaba, una sonrisa descomunal.
– ¿A dónde vas? – le preguntó ella.
– Voy a la capital a pasar el rato con unos amigos… ¿y tú? –le hubiera gustado decir que iba hasta el fin del mundo con ella, pero no, no lo dijo.

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