27 enero 2012

Un nosotros.

Te miré y me miraste. Las agujas del reloj se pararon, el mundo dejó de moverse, se dejaron de escuchar las voces de la gente, sólo se escuchaban los latidos de nuestros corazones o, mejor dicho, de nuestro corazón. Sólo podía oler tu perfume olor a vainilla, aquélla que tanto me hace soñar. Nuestra vista sólo pertenecía a un nosotros. Y de repente, zas. Una sonrisa. La más preciosa del universo, aquella sonrisa que provocó que el mundo volviera a moverse, aquella que hizo que el reloj siguiera con su tic-tac, aquella que me elevó hasta el cielo.

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